NO REGRESEMOS AL PASADO, POR FAVOR

En Aragón estuvimos años  en el que las disputas entre el llano y la montaña, entre los que defendían las razones del regadío y los que defendían las razones de los ríos, se libraban en las calles y en los juzgados y en las que, con frecuencia, tenían que intervenir las fuerzas de orden público.

Sin embargo, estábamos viviendo en los últimos meses un nuevo clima cívico en el que, al fin, los aragoneses demostrábamos que somos capaces de resolver los conflictos del agua a través del acuerdo y del consenso entre las partes. Regantes, afectados por las obras hidráulicas, sindicatos agrarios, organizaciones ecologistas, instituciones y partidos políticos, todos demostrando capacidad de diálogo, apertura para entender las razones del otro, flexibilidad, inteligencia y coraje para distinguir entre los fines que se persiguen, en los que se cede poco, y los medios para lograrlos, en los que se aceptan transacciones para recoger propuestas y enfoques de la otra parte.

Los resultados alcanzados en el último año demuestran que la vía del diálogo, el acuerdo y el consenso entre las partes es posible y, además, es extraordinariamente ÚTIL para la sociedad aragonesa. Todas las partes se han reconocido mutuamente legitimidad en su búsqueda de los fines que les son propios y han encontrado medios para lograrlos que no provocan el rechazo frontal del otro.

Desde nuestro esperanzado punto de vista percibíamos que los actores en conflicto estaban entendiendo finalmente que es preferible, más duradero y más seguro un acuerdo por consenso, al que nadie se opone ni en la calle ni en los juzgados, que una victoria sobre la otra parte, que humilla las razones y sentimientos del otro. Esas “victorias totales”, con frecuencia son la antesala de conflictos inacabables que se reabren continuamente.

Sin embargo, tenemos la percepción de que nuevamente estamos en un momento muy peligroso. El  diálogo directo y discreto a través de la Comisión del Agua y de la Iniciativa Social de Mediación está siendo sustituido, en las últimas semanas, por la vuelta a las formas y modos de antaño: escalada verbal, ocupación de la calle, amenazas, desentierro de las armas jurídicas, querellas criminales, descalificaciones del otro… Y esa deriva nos preocupa por dos razones: la resolución de los conflictos abiertos se hace más difícil y, por otro lado, los acuerdos alcanzados recientemente corren el riesgo de reabrirse.

Todo el mundo sabe lo difícil que es apagar definitivamente un incendio- o un conflicto- y lo fácil que es avivarlo soplando irresponsablemente en las brasas.

Le escribimos a usted porque, desde nuestro punto de vista, tiene un papel muy destacado en que no se arrumbe definitivamente el clima de acuerdo y de consenso en el que habíamos entrado. Le rogamos que, desde el lugar y la responsabilidad que ocupa, ejerza toda su influencia para defender ese clima de diálogo alcanzado, para resistir la tentación de regresar al pasado, para frenar los intentos de soplar en las brasas. Estamos convencidos de su espíritu constructivo, de su capacidad para influir en pro del diálogo y del acuerdo. La sociedad aragonesa no necesita pirómanos, necesita bomberos. Estamos convencidos de que usted es uno de ellos.

En los próximos años, Zaragoza y Aragón van a ser referencias mundiales en el uso del agua. Tenemos que continuar el reciente camino de acuerdo y consenso para resolver los conflictos. El mundo nos está mirando. Por otra parte, ante las incertidumbres presupuestarias de la Unión Europea, es muy importante que los aragoneses, más que nunca, acordemos un modelo de desarrollo con futuro para nuestra Comunidad Autónoma.

SECRETARIA DE LA INICATIVA SOCIAL DE MEDIACION:
Carlos Alegre, Miguel Ángel Aragüés, José Luis Batalla,
 José Luis Marqués, Víctor Viñuales y Nacho Celaya

Costo, valor y precio

LA VANGUARDIA (CIENCIA)
Ramon Folch
Doctor en Biología, consultor ambiental de la Unesco
catedrático de Metatecnia Ambiental y Socioecología del ICT
El agua dulce tiene un elevado valor porque es un recurso escaso e imprescindible para la agricultura, la industria y el mantenimiento del paisaje ambiental

El agua es demasiado barata. Esta afirmación tal vez escandalice a muchas personas, sobre todo si están enroladas en los movimientos contra la actual política tarifaria de las compañías distribuidoras, pero es exacta. El agua es escandalosamente barata, por lo menos en países subáridos como el nuestro (aunque este año las lluvias inusuales tiendan a hacernos olvidar nuestra real pobreza hídrica). De hecho, el recibo del agua representa un monto insignificante, comparado con el de la electricidad, el del gas o el del teléfono, por ejemplo. En términos de costo, pregúntense qué diferencia sustantiva existe entre turbinar el agua de un embalse y mandar kilowatios a la línea o situar ese agua en los domicilios de los consumidores?

Es una pregunta deliberadamente provocativa, desde luego. No obstante, puede responderse, con suficiencia displicente, alegando inversiones tecnológicas, estado del mercado energético y de tantas otras cosas, ya lo sé, pero que tiene la virtud de denunciar un equívoco de fondo: el agua es un recurso valioso y relativamente escaso que se sirve a domicilio, convenientemente potabilizada, a ridículos precios que oscilan entre los 5 y los 10 céntimos el litro; o bien que uno acarrea sudorosamente en botellas desde el supermercado hasta su casa al entonces en absoluto ridículo precio de 25-40 pesetas el litro, es decir entre 2.500 y 4.000 céntimos, lo que supone entre 250 y 800 veces más. Cuál es, pues, el precio justo del agua? Con toda probabilidad, ni el uno, ni el otro.

Valor, costo y precio son tres conceptos diferentes, cuya importancia respectiva está completamente distorsionada en el caso del agua. En nuestra condición de país mediterráneo altamente poblado, el agua dulce tiene un elevado valor, porque es un recurso escaso y a la vez imprescindible para la agricultura, para la industria, para la ciudadanía y para el mantenimiento -eso se olvida muy a menudo- del paisaje ambiental, es decir, de la flora, de la fauna y del territorio en su conjunto. Por otra parte, hacerla llegar en condiciones a los grifos conlleva un costo considerable en construcción y mantenimiento de embalses, de plantas de tratamiento y de redes de distribución, amén de los costos ecológicos que supone captarla en exceso. Pero, paradójicamente, tiene un precio muy bajo, porque la mayor parte de los costos no se reflejan en ese precio, bien porque lo que debieran ser tasas por obras hidráulicas o por instalaciones depuradoras y potabilizadoras se cubren a cargo de los impuestos, bien porque el pago de los costos ecológicos reales se trasfiere a las generaciones venideras o, simplemente, porque deja de tomarse en cuenta.

En su momento, los economistas clásicos consideraron el agua como un bien libre, y ahí empezó el equívoco. El agua embotellada se llamó, y se llama, " mineral", justamente para poderla justipreciar -o hipervalorar, según se mire- sin vulnerar el carácter de bien libre consuetudinario o, incluso, consagrado por el derecho positivo. En rigor, pues, el agua no embotellada es mucho más que barata: es gratuita. Lo que se paga son puramente los gastos de captación y distribución. Un disparate descomunal, que convive con la indescriptible incoherencia de que algunos estén dispuestos a ir a buscar ese bien sin cotización hasta el lejanísimo Ródano. Así que el "agua normal" se regala cobrándola al precio simbólico de 5 o 10 céntimos el litro -lo que no impide que el distribuidor aún tenga beneficios-, en tanto que el "agua mineral", que es el mismo producto, y a menudo captado en la misma zona geográfica cuando aún no está deteriorado, se cobra a un precio entre 250 y 800 veces más caro.

La guerra del recibo

La guerra del recibo del agua es otra cosa. Que haya o no que cobrar las tasas de recogida de basuras en el mismo recibo o que los bloques tarifarios sean lesivos para las familias numerosas no es un asunto que trato ahora de abordar. Por eso, estas reflexiones no van en contra de las asociaciones de consumidores que impugnan la política tarifaria vigente, ni tampoco a su favor. Van en contra del precio del agua en sí mismo, van contra el despropósito de las 0,05 o 0,10 ptas/litro, y contra la implícita invitación al despilfarro que ello supone: ninguno de ustedes se duchará mejor si en lugar de los 40 o 50 litros necesarios tira por el desagüe de su baño otros 40 litros suplementarios, simplemente porque casi se los regalan…

El 80% del agua consumida en España (la media catalana es muy diferente) se destina a regadíos con elevadísimos índices de ineficacia agronómica que, además, generan productos en muchas ocasiones excedentes. Para mantener esa demanda descabellada se hacen costosas obras y trasvases que no se reflejan luego en el precio del agua: los impuestos, una vez más, encubren los costos impagados.

Por otro lado, se construyen depuradoras con óptica centroeuropea, es decir, que retienen la porquería y tiran el agua, en lugar de retener el agua y tirar -controladamente, claro está- la porquería. Fíjense: no son propiamente depuradoras de agua, sino filtradoras de ríos, lo cual, sin estar mal, es del todo insuficiente en un país subárido como el nuestro.

Ojo al dato

EL PERIÓDICO DE ARAGÓN
JOSE LUIS Trasobares (20/07/2005)
Verán ustedes: yo soy un periodista de la vieja escuela, y creo que cualquier persona que me haga la merced de echarse al coleto mis artículos adquiere de inmediato el derecho a opinar de ellos lo que le plazca, y a refutarlos, criticarlos e incluso pensar de su autor cualquier cosa fea. De todas maneras procuro evitar polémicas al respecto. Respeto tanto a los lectores que no deseo discutir con ellos. Otra cosa es cuando lo que me exigen son aclaraciones, precisiones o datos que avalen lo que he dicho.

Entonces creo obligado dar una explicación adicional. Por ejemplo ahora, cuando llamadas y mensajes rechazan muy airadamente mis alusiones recientes al hecho de que en Aragón se está cultivando arroz en plena sequía.

Bueno pues me han sido facilitados datos de carácter oficial y resulta que sí, que hay en estos momentos unas 12.500 hectáreas de arrozal divididas entre Monegros (7.000) y Bardenas (5.500). Son, por cierto, más de las que corresponden al cupo subvencionable que nos asigna la UE; o sea, que vamos sobrados. Pongamos que cada una de dichas hectárea necesita al año 15.000 metros cúbicos de agua; resulta pues que nuestra producción de arroz se lleva el equivalente a unas cuatro veces el consumo anual de Zaragoza. Y estamos, insisto, en la mayor sequía que conoce la Historia.

Estos son los datos, que supongo deberían hacernos reflexionar a la hora de discutir sobre qué cultura del agua nos interesa más. Podría añadir además que los arrozales revierten a los ríos un líquido fortísimamente salinizado y contaminado por pesticidas y abonos. También quiero puntualizar que en Aragón se produce hoy el mejor arroz redondo (el de las paellas) de España y buena parte del extranjero. En mi despensa nunca falta El Brazal y, si hay suerte, alguno de los saquitos de tela donde envasa la Cooperativa de Ejea. Pero, claro, da pavor pensar a qué precio real nos está saliendo cada uno de esos exquisitos granos. Esta es la cuestión.

Paradojas y guerras del agua

LA VANGUARDIA
JOSÉ MANUEL NAREDO (17/07/2005)

(17/07/2005)

Los distintos gobiernos españoles vienen promoviendo desde hace un siglo obras hidráulicas en nombre del interés general sin lograr satisfacer las exigencias de agua de la población ni tampoco erradicar los efectos nocivos de la sequía, pero, eso sí, deteriorando a conciencia la hidrología del país y sus ecosistemas asociados. Hay que pensar -y hacer-algo distinto.

Para ello, de entrada, cabría preguntarse dónde está la clave de tanto desaguisado. Pues muy sencillo, que al haberse promovido la oferta de agua subvencionada se han desatado estilos de vida y actividades cada vez más exigentes en agua, que a su vez, ha inflado la escasez y los negocios relacionados con ello.

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Biscarrués

EL PERIÓDICO DE ARAGÓN
(16/07/2005) JOSE LUIS Trasobares
Apareció Rajoy en la manifestación de los regantes murcianos para pasmo y horror de la traicionada derecha castellano-manchega (que la cosa iba de quién se queda con las aguas del Tajo). Fue tan señalado hecho una señal inequívoca de que la actual cúpula del PP apostarásiempre por los trasvasadores contra los trasvasados, por la vieja cultura del agua contra la nueva ídem, por los campos de golf contra la huerta tadicional, por los regantes (siempre que no reclamen agua trasvasable a zonas de mayor

interés) frente a los habitantes de pueblos susceptibles de ser inundados por un nuevo pantano… Es decir, por la insostenibilidad frente al medioambientalismo.

Lo que ya no está tan claro es cuál va a ser definitivamente la posición del PSOE; del PSOE aragonés, por ejemplo. Presionados desde todas las partes, los jefes socialistas dudan entre ganarse votos tal cual lo hace el PP, ir administrando soluciones salomónicas (tipo cota media ) o bien evolucionar hacia posiciones más verdes como intenta sutilmente la ministra Narbona. Es un dilema complejo, como bien se está viendo con la actual reanudación de la batalla por Biscarrués. Y en este caso al prudentísimo Marcelino sólo le falta tener de aliado al PAR. ¡Vaya compromiso!

Agua para todos, reclaman los murcianos. Pero en realidad lo que quieren decir es que el agua de los demás ha de ser para ellos; para usarla y abusarla a precio de orillo. Claro que ese tipo de visión no sólo se da en el Arco Mediterráneo. Murcia también está en Aragón. ¿Es cierto que en nuestros regadíos se están cultivando en plena sequía miles de hectáreas de arrozal cuyos consumos anuales se pueden medir en decenas y aun centenas de hectómetros cúbicos? ¿Es esto lógico? ¿Es en base a esta economía antieconómica para lo que se exige hacer Biscarrués sea como sea? ¿Será sobre semejante telón de fondo cómo celebraremos la muy hidrológica y sostenibilísima Expo 2008?

Vaya tela.

La Galliguera es un valle precioso

La Galliguera es un valle precioso de la provincia de Huesca, situado a las orilla del río Gállego que le da nombre, territorio también llamado Reino de los Mallos. Son pueblos que viven del campo y el turismo basado su patrimonio de castillos y ermitas románicas y sobre todo en las aguas bravas del río Gállego, que crean más de cien empleos directos, y doscientos indirectos, atrayendo a más de 80.000 personas que dejan más de seis millones de euros. Esto demuestra que en este momento el río Gállego ya es motor de desarrollo para Aragón y recordemos que Biscarrués es un pueblo, no un pantano.

El embalse de Biscarrués es un medio, no un fin.

Los regantes ya tienen mucha agua guardada en diferentes embalses y ahora quieren más. Su objetivo es el agua y puede lograrse de diferentes formas alternativas. El sentido común nos dice que el agua puede gestionarse mejor para que sobre y además puede guardarse en muchos sitios. Por ejemplo, de la Presa del Gallego, que ya esta construida en Biscarrués, sale el Canal de Monegros, que se lleva casi toda el agua del río Gállego, facilitando que pueda guardarse en decenas de balsas laterales e incluso, si lo construyen, en el pantano de La Valcuerna, que tendría el doble de capacidad que el nuevo proyectado en Biscarrués y cuesta más barato. No pongan más excusas.

Estas alternativas son válidas y pueden hacerse, es solo cuestión de querer. Por ejemplo, en el caso de Santaliestra, al principio era imposible hacer el embalse de El Salvador, y al final ha sido solución ideal. La resistencia a otras soluciones es una opción política. Es como si a uno le han prometido un Nissan, y esa marca es la que quiere, aunque lo que realmente necesita es un coche, Mercedes o Ford, todos sirven. Esto es igual, lo que necesita el regante es agua, no un embalse concreto.

Llevaos el agua y dejarnos nuestra tierra.

El agua del río Gállego no es propiedad de los habitantes de La Galliguera, ni de todos; sus dueños son los regantes que tienen su concesión.

Nosotros no les negamos el agua porque es suya pero, evidentemente, nos oponemos a que la guarden en nuestra casa. Si ahora se están negando a guardarla en su territorio, en Monegros, demostrando que un pantano siempre es malo, si se están negando a inundar sus campos, ¿con que coherencia pueden pedir que otro deje inundar sus casas?. Solo pedimos que pongan todas las soluciones de su parte, modernicen y guárdenla en una mínima parte de su tierra ya que son los que van a dsifrutar del agua.

Disculpen el término, pero es tremendamente egoísta decir "necesitamos 400 hectómetros más de regulación, de los cuales 200 me los van a guardar en casa del vecino y me voy a beneficiar yo".

La democracia en peligro.

Nosotros no somos mayoría, como los aragoneses en el trasvase, pero también somos ciudadanos. Aquí viven muchos jóvenes, que han nacido en democracia y no entienden porque se van a tener que ir de su casa y cerrar su negocio para el provecho de otros. Hoy en día no estamos hablando de interés general si no de dos intereses particulares contrapuestos. ¿Quiénes son más importantes las gentes de Monegros o las de La Galliguera? ¿No somos todos iguales? Estamos en el siglo XXI, no en el colonialismo, y ningún territorio tiene el poder para decidir el futuro de otro. Es egoísta y socialmente injusto pedirle a otro que haga el sacrificio que uno no está dispuesto a hacer pese a beneficiarse de ello.

En Aragón hay sitio para todos, nadie se va.

Aragón tierra de emigrantes, de gentes que se fueron a Cataluña y otras regiones, de los pueblos a Zaragoza. Aragón, la tierra de Janovás, Mediano, de montañas vaciadas a base de pantanos. Aún no les hemos dado las gracias y ¿Quieren pasar a la historia por ser la última comunidad europea que inunda un pueblo vivo? Así solo se arruinará la EXPO del agua. Es imposible que seamos referencia mundial en la gestión del agua si nos ponemos al nivel de países del Tercer Mundo expulsando a las gentes de su casa. ¿Cómo le vamos a explicar al mundo que hay mucha gente protestando en la calle porque se les ha echado de sus casas y se les ha obligado a cerrar sus negocios?

El diálogo, la solución al enfrentamiento.

El dialogo de la Comisión del Agua, debe buscar, sin presiones, lograr todos los objetivos: agua pronto sin inundar pueblo, y eso solo se conseguirá con un acuerdo de todas las partes, si se intenta imponer por una mayoría como en el caso de Yesa, solo se conseguirá acabar en los tribunales, provocar de nuevo manifestaciones, huelgas de hambre, y tener un territorio que retrasará e incluso impedirá tener agua pronto.

Queridos vecinos, vecinas y gentes que creéis en la Nueva Cultura del

Agua:

Este último mensaje que os enviamos queremos compartirlo con todos los aragoneses para que se unan a nuestra lucha. Mucho ánimo esta es la ultima batalla y la vamos a ganar y con ella esta guerra que nos ha hecho tanto daño.

La vencemos día a día, levantándonos y apostando por nuestras familias y negocios.

Intentarán comprarnos y dividirnos pero nadie tiene derecho a quitarnos lo que hemos construido y levantado con nuestras propias manos, nuestra vida no esta en venta. Sabemos que tienen más poder, más dinero, pero nosotros tenemos dignidad, razón, rabia y corazón. Somos débiles porque lo que tenemos es lo que se ve, gentes sencillas, que luchan con sus manos, ideas, ilusiones, con una capacidad de trabajo casi infinita y con mucha dignidad, que es el motor que nos da la fuerza para seguir después de veinte años de amenaza que son veinte años de batallas ganadas y pronto vendrá la victoria final, porque creemos que tenemos todo el derecho a vivir aquí, y poseemos una gran esperanza inquebrantable, a la que sacamos punta cada mañana para seguir escribiendo la historia en las líneas torcidas que nos marca este río vivo a su paso por nuestro valle.

Lola Giménez Banzo

Biscarrués

La utopía del agua

LA VERDAD DE MURCIA
CÉSAR OLIVA (10/07/2005)
Yo no tengo fincas que regar. Tampoco estoy metido en proyecto urbanístico alguno. Ignoro lo que es un campo de golf. Además: de estas tres carencias creo que participa mi familia entera. Es decir, mi contacto con el agua es sólo el de la ducha diaria (doble, en verano), el de las faenas de casa que por veces me toca cumplir, y poco más. Sin embargo, es un problema que, como al resto de los murcianos, me toca muy de cerca. Demasiado.

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Economía y Agua

EL PAÍS  (16-06-2005)

Andrés García Reche es profesor titular de Economía Aplicada de la Universitat de València
Después de dedicar bastantes años de mi vida a la Economía, creánme si les digo que no he visto jamás ciencia tan inútil como ésta. No sólo porque, a la vista está, se muestra frecuentemente incapacitada para hacer predicciones que se cumplan; no sólo porque los economistas teóricos de profesión se muestran cada vez más obsesionados por la belleza formal de los modelos que por la explicación de los hechos (que es para lo que aquella fue inventada); no sólo porque muy frecuentemente parece que la economía real funciona de manera autónoma al margen de lo que opinen o hagan quienes se supone que son los entendidos en la materia, sino porque, lo que es aún más grave, éstos se abstienen frecuentemente de dar su opinión sobre determinadas materias muy sensibles para el ciudadano por temor a que se les tache de ideólogos al servicio de unos u otros intereses políticos. Y yo me pregunto ¿para qué sirve una ciencia si no es para solucionar problemas, o, cuando menos, para ayudar a comprenderlos?

Vean, si no, el polémico asunto del agua. ¿No tienen la impresión de que todo el mundo opina de ello salvo los economistas? ¿Cómo es posible que un problema de tamaña trascendencia acabe siendo relegado al exclusivo terreno de la ingeniería, bajo la forma de trasvases, desaladoras u otros artificios mecánicos?

Pues bien, haciendo gala de un optimismo antropológico digno de mejor causa, y puesto que no siento obligación alguna de expresar opiniones políticamente correctas, les diré que en este asunto, como en muchos otros, existe una explicación razonable desde el punto de vista económico. Y no sólo eso, también existe una solución económica. Otra cuestión muy diferente es si dicha solución puede considerarse políticamente asumible o no; lo cual, por otra parte, en modo alguno elimina la necesidad de plantearla.

Para empezar parece claro que nadie con un mínimo de sentido común puede afirmar a estas alturas que el agua no es, como tantos otros bienes que consideramos necesarios, un bien económico (es decir escaso y además sujeto a costes de producción y distribución como cualquier otro bien). Entonces ¿cómo es que todo el mundo habla de déficit del líquido elemento? Cuando vamos al mercado a comprar ropa, zapatos, gasolina o alimentos nunca notamos un déficit de nada, sencillamente encontramos un precio en los escaparates y en las estanterías y, de acuerdo con ello, decidimos si compramos o no. Hay una explicación económica para ello: el precio de mercado tiende a equilibrar ambas partes del mercado haciendo desaparecer el exceso de demanda sobre la oferta disponible.

Naturalmente que uno desearía más zapatos de los que tiene, o acceder a cierto tipo de alimentos más apetecibles que otros, pero su coste de adquisición (dada su renta disponible) les persuade de manera incontestable. Y lógicamente a nadie se le ocurre manifestarse por ello exigiendo "zapatos para todos" o maldiciendo a quienes suministran el pescado a precio distinto de 0. No lo hacen porque es de sentido común que las cosas que cuestan de producir, o que son escasas, deben tener un precio.

El hecho es que los excesos de demanda (el llamado impropiamente déficit) sobre la oferta disponible sólo ocurren cuando el precio está por debajo del que los economistas consideran que es el de equilibrio (justamente aquél que evita que se produzca exceso de demanda o de oferta), y esto sólo puede ocurrir cuando el precio no lo fija el mercado, sino alguna instancia ajena al mismo (el Estado generalmente) basándose en consideraciones de índole política o social. Entonces sí, entonces la demanda es mucho mayor que la oferta y es cuando puede hablarse con propiedad de escasez del bien en cuestión. Esto es precisamente lo que pasa con el agua (y pasaría con los pisos, la carne, el café o los coches si su precio fuera demasiado bajo).

Todo parece, tener, pues, una explicación sencilla. El problema es que existe un segundo frente argumental muy extendido, basado en la consideración de que, si bien esta ley del mercado puede considerarse en general razonable, no debería aplicarse en el caso del agua puesto que en este caso se trata de un bien necesario. Nadie discute desde luego que así sea, pero en cierto modo también lo es el pan, el pollo o los huevos, y a nadie se le ocurriría decir, por ejemplo, en el caso de que el Estado fijara un precio máximo para la docena de huevos por debajo del de mercado, que la Comunidad Valenciana tiene un enorme déficit de huevos (con perdón); aunque, efectivamente, lo tuviera.

Lo que la Economía explica, y el sentido común corrobora, es que la gente tiene una renta limitada y de acuerdo con ello, y a la vista del panel de precios, elige cuál es la composición de su cesta de la compra. Si un bien es muy necesario (su oferta es muy rígida al precio) y tiene además pocas alternativas de sustitución (como ocurre con el agua), entonces se verá obligada a restringir la demanda de otros bienes más prescindibles, gastando una mayor parte de su renta en aquél, o, alternativamente, reducir su consumo (ahorrar), si se trata de hogares, o, en fin, utilizar tecnologías menos intensivas en dicho bien, en el caso de que se trate de una actividad productiva.

Conclusión: el agua debe tener un precio que incluya el factor escasez, el fondo de garantía del abastecimiento futuro y el coste real de su producción y distribución. Si se consigue aumentar su oferta porque llueve más o porque alguien aporta nuevos caudales sin efectos negativos irreversibles para el medio ambiente, tanto mejor para todos, pero, mientras tanto, acostumbrémonos a que estamos ante un problema de precio y no de déficit. El que quiera llenar piscinas, regar campos de golf, urbanizar toda la costa, ducharse durante media hora o cultivar papayas, que lo haga al precio de mercado; y si le resulta caro, que se acostumbre a ahorrar, producir bienes de mayor valor, o utilizar tecnologías menos intensivas en este input. Y si después consideramos (como lo hacemos todos) que el consumo mínimo de los hogares, o de ciertas actividades agrícolas, debe de estar garantizado, llévese el asunto al terreno político y trasládese su coste a los presupuestos del Estado, haciendo visible así para todo el mundo cuál es el precio de nuestra solidaridad o de nuestra adscripción ideológica en su caso; pero, por favor, dejemos al mercado en paz, que nunca estuvo para eso.

Mientras esto no ocurra y la única perspectiva con la que se afronte el problema sea la de conseguir más agua (oferta) al coste que sea, la pregunta seguirá siendo ¿hasta cuándo? ¿cuánta agua será necesaria para saciar el déficit casi ilimitado provocado por precios tan inadecuados? Me temo que no hay respuesta para ello. Y, lo que es peor, a nadie parece importarle.

CON FRANCO LLOVÍA MÁS

Mª. Victoria Trigo Bello

Asociación Ebro Vivo – Coagret

Los del Partido Popular se han ido de la Comisión del Agua. Total, ¿para qué iban a seguir allí si por ahora -por ahora…- no hay trasvase del Ebro a la vista?. ¿Para qué insistir en devaneos de reservas de agua y otras galimatías, si el tubo para llevarla a la costa está más o menos clausurado?. Que hagan otros el trabajo de luchar por pantanear y desgastarse en trifulcas acuáticas. El Partido Popular, el redentor de los desequilibrios naturales, el corrector cum laude de los desfases entre cuencas excedentarias y cuencas deficitarias, ha entendido que no merecía la pena continuar en esa Comisión, donde pese a los empeños de sectores aragonesistas de pura cepa –pero cepa muy, muy pura, vamos, de raíz antigua y profunda-, y a los vaivenes de los que no saben qué viento les sopla de Madrid, no hay manera de que florezca ningún tótem pantanil. Continuar leyendo «CON FRANCO LLOVÍA MÁS»

¿Qué pasaría?

EL PERIÓDICO DE ARAGÓN
JOSE LUIS Trasobares (04/06/2005)
Supongan ustedes que ya estuviesen hechas las infraestructuras necesarias para trasvasar agua del Ebro al Levante: la tubería, las estaciones de bombeo y todo lo demás. ¿Qué pasaría? Con este pedazo de sequía que ha dejado sin agua las piscinas oscenses y mantiene en la agonía muchos ríos aragoneses, ¿de dónde saldrían los mil y pico hectómetros cúbicos?

¿Vaciarían Mequinenza? ¿Quedaría condenado el Delta a ser anegado por las mareas?… ¿O qué?

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