Segunda mudanza en Belesar

EL PAÍS

(23/06/2011)

Vecinos de O Saviñao planean aprovechar las obras de Fenosa en la presa para rescatar el campanario de una capilla, conservado bajo el agua 48 años

Toda la gente les preguntaba cómo eran capaces de dormir tan cerca del río, con el ruido de «os cachós». Pero ese amanecer del 2 de enero de 1963 Luisa se despertó precisamente porque no había ruido. Enseguida entendió lo que pasaba. Los cachóns, que allí son cachós, esos saltos que daba el Miño para salvar los desniveles, habían desaparecido tragados por un embalse que iba a ser el más grande de Galicia y terminaría llamándose Belesar. Luisa López Méndez, que tenía 10 años, fue a avisar a su padre, y mientras lo hacía ya se oían las voces de los vecinos, que alertaban desde fuera: ¡Señor Pedro!, ¡señor Pedro, están encorando! Y comenzó el último día vivido en Portomeñe.

Sabían que se aproximaba la partida, pero hasta entonces no habían empezado a hacer la mudanza. Luisa rescató primero sus vestidos. Metió toda su ropa en la cesta con tapas de ir al mercado y la subió al carro. Después fue a ayudar a su padre, porque su madre y su hermano habían marchado hacía un año a Barcelona con la idea de que algún día fuesen todos, empujados por la expropiación. Fenosa pagó 200.000 pesetas por la casa, la bodega, el hórreo, las huertas, los viñedos y algunas parcelas grandes más. No había nada que discutir, nada que negociar.

Aquella mañana, la hidroeléctrica del conde empezó a embalsar y ellos dedicaron las horas de luz a salvar todo lo que pudieron. Los marranos, el maíz, las berzas que estaban crecidas, la mesa del comedor. A las gallinas las metieron en el hórreo mientras sacaban lo demás. La cerda, que estaba enorme, la habían matado casualmente el día anterior. Todavía no estaba despiezada, y su cuerpo muerto pesaba tanto que no podían levantarlo entre la niña y el padre. En plena mudanza, el señor Pedro se puso a descuartizar «la rancha grande» para no perderla.

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