Aragón, a la búsqueda (inútil) del tiempo perdido

EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

(22/08/2010)

Hoy salen los vecinos de Artieda a protestar contra el recrecimiento de Yesa. Básicamente, la modificación del proyecto para elevar la cota del pantano sólo a un nivel intermedio no ha servido de gran cosa. Los que se oponen se siguen oponiendo. Y tienen sus razones porque los embalses son infraestructuras que siempre producen víctimas entre quienes ven anegadas sus tierras, sus casas, su vida. ¿Que las presas son necesarias? Puede que sí o puede que no. Habría que averiguarlo, porque hoy en día ni el regadío es lo que era ni las intervenciones hidráulicas gozan del predicamento que tuvieron.

¿Merece la pena recrecer Yesa desoyendo cualquier otra consideración (impactos sociales, culturales y medioambientales, riesgos por la inestabilidad del terreno, enormes costes, etcétera)? No lo creo. Hace cincuenta años podían existir argumentos de peso a favor de esa obra y de otras similares (que de hecho han convertido la cuenca del Ebro en una de las más reguladas del mundo), pero actualmente la situación ha cambiado debido a múltiples factores: desde los avances tecnológicos en la agricultura de regadío hasta las nuevas sensibilidades a la hora de evaluar los efectos que causan las macrointervenciones humanas en los ríos.

Me temo que recrecer Yesa es uno de esos tópicos que integra desde hace decenios nuestro argumentario político. Se ha hablado tanto de esa obra, ha sido tan anunciada, prometida, comentada y usada como arma arrojadiza en las contiendas entre partidos, que ahora pende sobre nosotros como una más de las frustraciones del pasado que nos empeñamos en superar para recuperar así el tiempo perdido. Sobre la actual capacidad de Yesa para afrontar los usos que se da al agua que almacena se ha oído de todo. Según cierto presidente de la Confederación Hidrográfica, podían atenderse las necesidades de los regantes y el suministro a Zaragoza sin necesidad de tocar el embalse. Otros técnicos han llamado a sustituir el conflictivo recrecimiento por nuevas regulaciones aguas abajo en paralelo a los propios regadíos. Luego está lo de la inestabilidad de las laderas donde se quiere asentar la nueva presa. Demasiadas incógnitas y contradicciones.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado se hacían muchas cosas (en el resto de Europa, también) que ya no tienen cabida en los programas sociopolíticos de hoy. Aragón se quedó entonces sin lograr algunas de sus más sobadas aspiraciones (pantanos, vías de comunicación de alta capacidad, actuaciones urbanísticas) y ahora todavía existe un obstuso empeño en conseguir aquello aunque no tenga ya demasiado sentido. Deberíamos estar reclamando otras cosas, pero la inercia puede más que la inteligencia. Así estamos, siempre en lo mismo: mucho conflicto y pocas satisfacciones.

JOSÉ LUÍS TRASOBARES