Ríos que van a dar a la mar

NATURA – EL MUNDO

(08/03/2008)

Al comienzo de la primavera es una buena ocasión para celebrar la protección de nuestros ríos. En marzo destacan el Día Internacional de Acción por los Ríos, organizado por International Rivers, y el Día Mundial del Agua, a cargo de la UNESCO. Estos llamamientos internacionales se hacen indispensables ante la degradación mundial de nuestros ecosistemas fluviales.

La realidad es que la situación actual de un río o un humedal dista mucho de ese concepto ideal que nos enseñaron en la escuela, pues junto a la desecación de la mayor parte de nuestros humedales, quedan muy pocos ríos verdaderos en España, cuyo destino natural es alcanzar su desembocadura en la costa. Un simple vistazo a un mapa nos muestra que las cuencas del Miño, el Duero, el Tajo, el Júcar, el Segura, el Duero, el Guadiana o el Ebro, son en realidad restos troceados, verdaderos cadáveres fluviales de un riquísimo patrimonio natural que no sólo ha moldeado paisajes, sino que también han dejado huella en sus paisanos, pues forman parte de nuestra cultura y sentir más profundo.

Nuestro país ostenta el récord mundial de grandes presas por kilómetro cuadrado y por persona, pues más de 1.200 grandes embalses dan para 30 por millón de habitantes. Esta desmesurada profusión de grandes obras ha producido beneficios, pero sin duda a un alto coste, pues gracias a que en su totalidad se han hecho bajo subvención permanente con el dinero de nuestros bolsillos, máximo ejemplo de tirar con pólvora del rey, no se han tenido en cuenta para nada costes sociales (500 localidades inundadas y sus habitantes expulsados, sólo en España, mientras se estiman 80 millones de personas en todo el mundo), ambientales o simplemente económicos.

Se ha apoyado una subsidiada y por tanto ruinosa agricultura continental, la cual ha convertido campos mesetarios en monzónicos cultivos de arroz y en tropicales fincas de maíz. Cultivos propios de secano como la vid o el olivar se han puesto bajo riego. Endulzamos desde la Unión Europea al resto del mundo con una sobreproducción exagerada de azúcar obtenida del regadío de la remolacha. ¿Se imaginan naranjales en Finlandia? Es algo técnicamente posible, pero resulta una idea igual de descabellada.

Su consideración de monumentos a fondo perdido también ha promovido la destrucción de valles, pues el despilfarro del agua ha lubricado el engranaje de la construcción de la gran obra gratuita frente al mucho más eficiente empleo de las aguas subterráneas.

«Primero construimos un pantano y luego vemos para qué sirve». Esta famosa frase, pronunciada hace tiempo por un director general de Obras Hidráulicas, ha beneficiado a círculos profesionales y económicos cercanos al poder, mucho más bajo formas dictatoriales y de ejercicio poco transparente de la autoridad. No es casualidad que Transparencia Internacional sitúe a las obras hidráulicas en la cumbre de sus listados de corrupción.

Asimismo, el hecho de contemplar a los ríos de la Península como un gran conjunto de enormes bañeras en cadena ha calado en la opinión pública con expresiones como «superávit» o «déficit», términos de imposible aplicación en la Naturaleza: ¿Tiene Albacete «déficit» de playas, «sobran» montañas en Granada y «faltan» en Valladolid?

Esta idea irracional de sobrar-faltar retroalimenta otros muchos mitos, como el de que el agua «se pierde» en el mar, olvidando el ciclo del agua, o el que vayamos a inundar tal valle para, precisamente, «evitar inundaciones» en zona inundable o para darle un río un 10% de caudal «ecológico» (respiren sólo un 10% de lo que harían normalmente y verán cómo merma su salud), tótem bajo el cual se siguen cometiendo tropelías como nuevos embalses y hasta el enlosado de cientos de kilómetros de cauces por todo el país.

El que los ríos sean un mero recuerdo de lo que fueron ha disminuido su poder de autodepuración, especialmente frente a la ingente contaminación difusa agroganadera y la urbana e industrial, lo que hace realmente arriesgado bañarse en sus aguas y disfrutar de lo que es y significa un río.

Fenómenos como la alcantarillización de los cauces gracias al desbocado urbanismo y la concentración parcelaria, una actividad forestal insostenible, el oscuro mundo de las graveras de áridos y la minería, el caos de las aguas subterráneas o la ocupación del «espacio fluvial» empeoran la situación de unos cauces que deberían estar llenos de vida.

Junto a ello, vemos que nuestras aguas sufren el efecto Frankenstein: la expansión de especies alóctonas como el jacinto de agua, el siluro, la lucioperca, el black-bass, el cangrejo rojo o el mejillón cebra, auténticos depredadores de nuestras poblaciones fluviales autóctonas, precisamente porque los nuevos hábitats artificializados les son perfectos para medrar.

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Pedro Brufao Curiel es profesor de Derecho Administrativo, presidente de AEMS-RIOS CON VIDA y Premio Nacional de Medio Ambiente 1998.