Los últimos residentes del Perogil se resignan a la inundación del barrio por el recrecimiento de Santolea

HERALDO DE ARAGÓN
(20/09/2007)
Un remanso de paz sentenciado de muerte. El tiempo parece detenerse cuando se llega hasta el Perogil, barrio pedáneo dependiente de Castellote que será inundado por el recrecimiento del pantano de Santolea, ya en obras. Las dos familias que residen en este pequeño pueblo han convivido desde hace años con la amenaza constante de que cualquier día tendrían que dejar su vivienda y buscarse otro lugar donde continuar, porque el agua del embalse podría inundarlo.

El recrecimiento de la presa de Santolea ha sido un proyecto que se ha venido fraguando desde hace más de dos décadas, de ahí que, a veces, quienes viven en el Perogil llegasen a pensar que tal vez no se realizara. Sin embargo, ha sido un condicionante que han tenido presente incluso para contar con suministro de luz eléctrica o para realizar mejoras en las casas.

«El Ayuntamiento ha querido en alguna ocasión incluir el Perogil en un plan de electrificación, pero como siempre se pensó que se iba a inundar, no se hizo», comentó Ramón Millán, alcalde de Castellote. Hasta hace pocos años, el acceso al Perogil era un camino de piedras, pero al final el Ayuntamiento se decidió a asfaltarlo. Sus habitantes se han tenido que proveer de generadores eléctricos o placas solares para contar con electricidad, pero no han querido abandonar el lugar dónde nacieron o el que eligieron para vivir.

Pero, desde enero, para los habitantes del Perogil todo ha cambiado. Se adjudicaron las obras del recrecimiento de la presa a la UTE Corsán Corviam y Copisa y en julio se iniciaron los trabajos para la nueva presa, que se elevará 16 metros para duplicar la capacidad de almacenamiento. Y ya han comenzado a hablar de las expropiaciones de terrenos y de sus viviendas.

Ahora saben que sólo dos casas de las diez viviendas del Perogil quedarán en pie. José Membrado nació aquí hace 68 años. Su casa será una de las afectadas. Este verano tal vez sea el último que pueda estar aquí con sus cuatro nietos e hijos, que viven en Barcelona, ciudad a la que José marchó a los 23 años. «Mis padres se quedaron aquí, en sus tierras, pero era la época en la que se iba la gente a buscar un medio de vida mejor a la ciudad», comentó.

José Membrado dice que nunca se fue de Perogil. «Siempre que he tenido un hueco en el trabajo me he venido hasta aquí, a las tierras de mis padres que ahora nos expropian», dice con cierta tristeza. José y su esposa, Carmen Vives, residen en el Perogil desde que ambos se jubilaron.

Aquí viven entre el huerto que cultivan, sus gallinas y conejos. Una vida relajada que es lo que buscan «después de años de ciudad», dice Carmen. «Ahora que vuelven los chicos para el verano -comenta-, sabes que puedes estar tranquila y los puedes dejar corretear porque no hay coches».

«La última reforma de la casa la hicimos hace diez años y fue cambiar el tejado. No hemos querido hacer nada más, a pesar de que teníamos muchos proyectos -dice Carmen-, porque ya planeaba la idea de que iba a inundarse todo esto». La ilusión por quedarse en Perogil era mucha. Cuando reformaron el tejado, venían desde Barcelona para ayudar al paleta. Todavía no les han comunicado cuánto les pagarán por la casa, pero lo «chocante», dice Carmen, «es que tiene menos valor cuanto más vieja es y para nosotros, es al contrario, tal vez por todo lo que hemos vivido aquí».

Además de José y Carmen, en el Perogil vive otra familia y, hasta el pasado día 2, también residía aquí Ruth Saura, la integrante de una cuadrillas forestal que falleció en el incendio de Torre de las Arcas mientras participaba en las labores de extinción.