Ojos marrones

Viendo esos ojos acuosos de un suave marrón, una se pregunta si nació con ellos o si, cuando rescataron del fango a esa niña de doce años, olvidaron lavarle la cara. Quizás se le quedaron de ese color como el resto de su cuerpo cuando cientos de toneladas de agua y lodo le cayeron encima procedentes de la presa italiana de Vajont.

O tal vez se destiñeron tras años de llorar por su hermana, su padre, su madre y sus abuelos que desaparecieron en cuatro minutos. Nunca los encontraron ni los enterraron y desde entonces sus lágrimas caen sobre la tierra de Longarone.

Micaela habla despacio mientras cuenta la verdad de su vida rota.

Gino tenía diez años y también se quedó solo, ahora a sus cincuenta, con la emoción contenida, la mira en silencio, con el mismo silencio en el que quedo el valle después de la tragedia, no se oía nada, cuatro pueblos borrados del mapa y más de dos mil muertos.

Sus ojos muestran su experiencia ?con la vida no se juega, con las personas menos?.

Si los ingenieros italianos hubieran mirado los rostros de esos niños, tal vez les hubiese temblado el alma y hasta la mano cuando firmaron su sentencia.

Tal vez, si los políticos aragoneses miraran a sus ojos marrones, dejarían de buscar salidas políticas que amenazan la vida de la gente y encontrarían soluciones a los problemas de unos sin creárselos a otras personas.

Lucharemos para que las laderas de la Galliguera no se empapen de tragedia, porque el agua no llegará nunca a ellas.

Lola Giménez Banzo- Biscarrués- Huesca