El país de la sequía vive acostumbrado a derrochar agua sin que nadie lo impida

EL CONFIDENCIAL
Carlos Sánchez

(22/09/2005)

(22/09/2005)

España es un país fantástico. Es la nación más árida de Europa y cuenta con una evapotranspiración potencial que se sitúa entre las más altas del continente, lo que sin duda acentúa el problema. Pero aún así saca pecho por doquier en esto del agua. Para lo bueno y para lo malo.
Como diría un periodista clásico, la noticia buena es que este verano los españoles se han concienciado del problema de la sequía y han consumido un billón de litros menos que hace un año. A ello han contribuido, sin duda, las campañas de concienciación ciudadana. El ahorro, según los estamentos oficiales, equivale al consumo anual de 14 millones de españoles.
La noticia mala es que lo que ahorramos se nos va por las cañerías sin ningún miramiento. La asociación ecologista Adena lo acaba de poner por escrito. Cada año los excedentes agrícolas -esos que luego se destruyen para evitar que se hundan los precios- se llevan por delante lo que consumen unos

16,3 millones de españoles. Los culpables son principalmente cuatro

cultivos: maíz, algodón, arroz y alfalfa, pero también determinadas producciones -como el olivar andaluz- que tradicionalmente han sido de secano, pero que ahora se han transformado en regadío para aumentar la producción, sobre todo en la cuenca del Guadalquivir, un lugar que, como se sabe, tiene los valores pluviométricos más altos de España.
Lo comido por lo servido. Los españoles ahorran pero a nadie importa que una demencial política agrícola impida el consumo desenfrenado de agua. Pongamos el foco en el fresón, un producto introducido de forma masiva en la provincia de Huelva a principios de los años 80, y que ha enriquecido a los propietarios de tierras en el entorno de Palos de la Frontera y Moguer.

Durante la primavera se eliminaron del mercado alrededor de 4,5 millones de kilos de fresón para evitar que cayeran los precios. Para producir esa cantidad, según Adena, se consumieron 554.300 metros cúbicos de agua (0,55 hectómetros cúbicos), equivalentes al consumo doméstico de algo más de 9.000 habitantes. Es decir, no sólo se paga por retirar del mercado la producción -el fresón está subvencionado- sino que además se consumen recursos naturales escasos.
Y todo esto sucede en un país que cuenta con el índice de escorrentía más bajo de Europa, definido como la relación entre precipitaciones y la evapotranspiración real, lo que desde luego no dice mucho en favor de nuestros gobernantes.
Se suele decir que los incendios se apagan en invierno y no en verano, y en el caso del agua pasa algo parecido. Este país se ha acostumbrado a pensar en el agua en términos de emergencia. En los años que llueve mucho, se consume a toda pastilla como si esto fuera el País de Gales, pero cuando llega la sequía, todo el mundo empieza a reaccionar. Es evidente que este comportamiento es intrínseco a la condición humana, pero la condición humana también tiene capacidad de enfrentarse a los problemas con más inteligencia.

A lo mejor habría que primar a quienes consumen menos -con bajada de

tarifas- y a la vez penalizar el consumo excesivo con más contundencia. Y desde luego lo que habría que evitar es que la quinta parte de los recursos se pierdan por las cañerías debido al mal estado de las infraestructuras (nada menos que 927 millones de metros cúbicos en 2003).
Desde luego, no basta con hacer sonar el piano con costosas campañas de imagen, hay que saber tocar las teclas correctas. Y da la sensación que si el tiempo no lo impide -como decían los carteles taurinos de toda la vida- las procesiones en honor a San Isidro están a la vuelta de la esquina.