La reconversión llega a las cataratas

Diario El País
(11/07/2005)
Una central hidroeléctrica reduce el 80% del caudal del Nilo Azul

El escocés James Bruce fue uno de los exploradores africanos con más mala suerte. Tras viajar durante cuatro años, en pleno siglo XVIII, por la ignota Abisinia pasando todo tipo de penalidades, volvió a Inglaterra para anunciar que había descubierto las míticas fuentes del Nilo Azul. No le creyeron y murió entre las risas y las chanzas de sus contemporáneos, quienes no escatimaron burlas sobre hallazgos que muchos años después se confirmaron ciertos.

Pero si el pobre Bruce levantara hoy la cabeza volvería a agacharla, mucho más avergonzado todavía, al ver cómo ha quedado aquel hito geográfico en cuya localización desaparecieron expediciones enteras. Las cataratas Tis Isat, por las que se desploma el Nilo poco después de su nacimiento en el lago Tana, en las desnudas montañas del norte de Etiopía, casi han desaparecido por la construcción de una central hidroeléctrica justo donde el padre de los ríos africanos se desplomaba en un salto de 45 metros de altura, creando uno de los grandes espectáculos de la naturaleza.

“La catarata ocupaba todo este frente, de unos 400 metros de ancho”, comenta un guía del parque. “Pero desde la inauguración de la central, un 80% del caudal se desvía para producir energía eléctrica y apenas un 20% sigue fluyendo por el antiguo cauce”.

La central se llama Tis Abay II y fue inaugurada hace tres años como uno de los proyectos estrella del Gobierno etíope en su política hidráulica. Más del 90% de la energía doméstica que se consume en Etiopía proviene de la biomasa, es decir, de la madera, lo que ha provocado una importante deforestación y la consiguiente degradación del suelo. Sólo un 4% de la población tiene acceso a la energía eléctrica. Todo esto en un país con un enorme potencial hidroeléctrico por el que discurren grandes ríos, entre ellos el Nilo Azul, que se une con su hermano, el Nilo Blanco, en Jartum (Sudán). Lo que muchos etíopes se preguntan es si con casi 2.000 kilómetros de Nilo, no había otro sitio donde instalar las turbinas.

En realidad, las cataratas del Nilo Azul han sido aprovechadas desde 1964 para producir energía eléctrica mediante una pequeña central de 11,4 megavatios, la Tis Abay I, pero su reducido tamaño apenas modificaba el caudal del río. Tis Abay II puede llegar hasta los 450 megavatios, ha costado 63 millones de dólares (53 millones de euros) y para mover sus palas necesita entre 150 y 180 metros cúbicos de agua por segundo, que se separan de la corriente principal poco antes de la catarata mediante una presa.

A pesar de que el informe medioambiental del proyecto decía que “ a diferencia de otros proyectos hidroeléctricos con grandes presas, Tis Abay II tiene un impacto insignificativo sobre el entorno y es económicamente muy atractivo para los inversores”, los turistas que llegan hasta este rincón del continente africano esperando ver el atronador salto de agua que han visto en postales y libros de viaje no piensan lo mismo.

Antes había una nube de agua vaporizada visible en la distancia que daba el nombre al lugar (Tis Isat, el agua humeante en la lengua local) y provocaba un microclima lluvioso capaz de mantener en el entorno una pequeña selva tropical de densa vegetación en la que vivían loros, monos y otras especies. Lo que se ve ahora es una bonita cascada, pero no mayor que otras de los Pirineos o los Alpes, rodeada por un secarla caluroso, sobre todo en la estación seca. Siempre les queda el consuelo de recordar cómo fue esta joya de la naturaleza en la ilustración de los billetes de un birr, la moneda nacional.

La parte positiva es que los 359 gigavatios anuales que produce la presa han permitido electrificar buena parte del norte de Etiopía y aún sobra energía para exportar a estados vecinos. La mala, que la conservación del medo ambiente y el desarrollo siguen siendo un maridaje difícil, sobre todo en países pobres como Etiopía con una renta per cápita de 319 euros, una esperanza de vida de 47 años y la mayoría de la población viviendo exactamente igual -de mal- que cuando James Bruce pasó por aquí hace tres siglos. Aunque nadie le creyera.