Costo, valor y precio

LA VANGUARDIA (CIENCIA)
Ramon Folch
Doctor en Biología, consultor ambiental de la Unesco
catedrático de Metatecnia Ambiental y Socioecología del ICT
El agua dulce tiene un elevado valor porque es un recurso escaso e imprescindible para la agricultura, la industria y el mantenimiento del paisaje ambiental

El agua es demasiado barata. Esta afirmación tal vez escandalice a muchas personas, sobre todo si están enroladas en los movimientos contra la actual política tarifaria de las compañías distribuidoras, pero es exacta. El agua es escandalosamente barata, por lo menos en países subáridos como el nuestro (aunque este año las lluvias inusuales tiendan a hacernos olvidar nuestra real pobreza hídrica). De hecho, el recibo del agua representa un monto insignificante, comparado con el de la electricidad, el del gas o el del teléfono, por ejemplo. En términos de costo, pregúntense qué diferencia sustantiva existe entre turbinar el agua de un embalse y mandar kilowatios a la línea o situar ese agua en los domicilios de los consumidores?

Es una pregunta deliberadamente provocativa, desde luego. No obstante, puede responderse, con suficiencia displicente, alegando inversiones tecnológicas, estado del mercado energético y de tantas otras cosas, ya lo sé, pero que tiene la virtud de denunciar un equívoco de fondo: el agua es un recurso valioso y relativamente escaso que se sirve a domicilio, convenientemente potabilizada, a ridículos precios que oscilan entre los 5 y los 10 céntimos el litro; o bien que uno acarrea sudorosamente en botellas desde el supermercado hasta su casa al entonces en absoluto ridículo precio de 25-40 pesetas el litro, es decir entre 2.500 y 4.000 céntimos, lo que supone entre 250 y 800 veces más. Cuál es, pues, el precio justo del agua? Con toda probabilidad, ni el uno, ni el otro.

Valor, costo y precio son tres conceptos diferentes, cuya importancia respectiva está completamente distorsionada en el caso del agua. En nuestra condición de país mediterráneo altamente poblado, el agua dulce tiene un elevado valor, porque es un recurso escaso y a la vez imprescindible para la agricultura, para la industria, para la ciudadanía y para el mantenimiento -eso se olvida muy a menudo- del paisaje ambiental, es decir, de la flora, de la fauna y del territorio en su conjunto. Por otra parte, hacerla llegar en condiciones a los grifos conlleva un costo considerable en construcción y mantenimiento de embalses, de plantas de tratamiento y de redes de distribución, amén de los costos ecológicos que supone captarla en exceso. Pero, paradójicamente, tiene un precio muy bajo, porque la mayor parte de los costos no se reflejan en ese precio, bien porque lo que debieran ser tasas por obras hidráulicas o por instalaciones depuradoras y potabilizadoras se cubren a cargo de los impuestos, bien porque el pago de los costos ecológicos reales se trasfiere a las generaciones venideras o, simplemente, porque deja de tomarse en cuenta.

En su momento, los economistas clásicos consideraron el agua como un bien libre, y ahí empezó el equívoco. El agua embotellada se llamó, y se llama, " mineral", justamente para poderla justipreciar -o hipervalorar, según se mire- sin vulnerar el carácter de bien libre consuetudinario o, incluso, consagrado por el derecho positivo. En rigor, pues, el agua no embotellada es mucho más que barata: es gratuita. Lo que se paga son puramente los gastos de captación y distribución. Un disparate descomunal, que convive con la indescriptible incoherencia de que algunos estén dispuestos a ir a buscar ese bien sin cotización hasta el lejanísimo Ródano. Así que el "agua normal" se regala cobrándola al precio simbólico de 5 o 10 céntimos el litro -lo que no impide que el distribuidor aún tenga beneficios-, en tanto que el "agua mineral", que es el mismo producto, y a menudo captado en la misma zona geográfica cuando aún no está deteriorado, se cobra a un precio entre 250 y 800 veces más caro.

La guerra del recibo

La guerra del recibo del agua es otra cosa. Que haya o no que cobrar las tasas de recogida de basuras en el mismo recibo o que los bloques tarifarios sean lesivos para las familias numerosas no es un asunto que trato ahora de abordar. Por eso, estas reflexiones no van en contra de las asociaciones de consumidores que impugnan la política tarifaria vigente, ni tampoco a su favor. Van en contra del precio del agua en sí mismo, van contra el despropósito de las 0,05 o 0,10 ptas/litro, y contra la implícita invitación al despilfarro que ello supone: ninguno de ustedes se duchará mejor si en lugar de los 40 o 50 litros necesarios tira por el desagüe de su baño otros 40 litros suplementarios, simplemente porque casi se los regalan…

El 80% del agua consumida en España (la media catalana es muy diferente) se destina a regadíos con elevadísimos índices de ineficacia agronómica que, además, generan productos en muchas ocasiones excedentes. Para mantener esa demanda descabellada se hacen costosas obras y trasvases que no se reflejan luego en el precio del agua: los impuestos, una vez más, encubren los costos impagados.

Por otro lado, se construyen depuradoras con óptica centroeuropea, es decir, que retienen la porquería y tiran el agua, en lugar de retener el agua y tirar -controladamente, claro está- la porquería. Fíjense: no son propiamente depuradoras de agua, sino filtradoras de ríos, lo cual, sin estar mal, es del todo insuficiente en un país subárido como el nuestro.