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HAY MUERTES QUE NO EXISTEN

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Nos acaba de llegar un e.mail de Laura, cortante como la hoja de la navaja de un barbero. De pronto hemos sentido una especie de paralización de la sangre, una especie de escalofrío, porque no es tanto Antonio el que ha muerto, como una parte de nosotros mismos, y eso es lo  que nos asusta, lo que nos paraliza sangre y nos hace sentir el frío de la nada.

Escribo deprisa, a bote pronto para decir no sé que, tal vez para recordar que a la muerte la tememos, y que por eso es un tema tabú, del que sólo se puede hablar un rato y en los momentos socialmente correctos. La tememos sin entenderla; por eso creo, precisamente, que la tememos.

Yo, que en cierto modo me enfrenté un día a su posible proximidad, he aprendido algunas cosas;  entre ellas que, llegado un momento en la vida en el que has cumplido ya con tu ciclo vital, que has pasado por las diferentes etapas de la infancia, pubertad y adolescencia; que has sido adulto, que te has reproducido y has alcanzado la madurez y comenzado la cuesta abajo de la degradación física, empiezan los achaques y se va muriendo la gente de tu alrededor,… la muerte es esencialmente un problema de pereza.

 Estamos todos en la misma hornada y no lo queremos admitir; da igual vivir diez años más, o diez años menos; sin embargo, es una obligación que siempre nos viene mal y nos gustaría postponer unos pocos años, que -por otra parte-, pasan volando y nos llevarían a pedir una segunda prórroga.

Eso que llamamos la muerte, es una realidad inamovible, una verdad incuestionable, por más que vivamos de espaldas a ella. Hacemos poco por entenderla, y aceptarla como lo que es, un acto sublime de la vida

Los ríos, el fluir del agua, como le ocurrió a Siddhartha, personalmente me han dado mucha comprensión sobre la realidad/norealidad de la muerte; sobre qué es la muerte, sobre nuestros miedos, y sobre la discusión estéril de si existe o un más allá; digo estéril porque es un enigma que jamás alcanzaremos a resolver desde la razón mental; solo se puede entender/sentir desde los ojos de nuestra dimensión espiritual.

El amor, en montón de sus manifestaciones no se explica ni se razona, porque incluso llega a ser irracional. El amor se siente y se vive. La idea de Dios y ese más allá asociado a él, los siento a mi estilo; no los razono, porque sé que por ahí no voy a ninguna parte; sin embargo los siento en la sabiduría ancestral de que Dios es amor, y punto. Los siento en el “anima mundi” de todo lo creado, en esa armonía que todo lo gobierna. Dios y ese enigmático más allá, son el amor y esa armonía. Sentirlo así nos puede llenar y tranquilizar plenamente, dando un sentido profundo y generoso a nuestra vida.

 Los ríos representan el paso continuo de las generaciones; son la gran metáfora de la vida. Van camino del mar, que no es el morir sino una especie de lugar de purificación del agua, una fase/proceso de liberación de la miasma atrapada a lo largo su recorrido continental.

En el mar, en ese purgatorio, el agua de todos los ríos que van a él, se purifica y se libera de sus elementos contaminantes, para quedarse en su esencia, en su espíritu, en su grandiosa pureza, en su alma,… que es el vapor. Ese vapor condesará  un día y se volverá a materializar en forma de lluvia, manantial y río, para seguir el ciclo eterno de la vida en otro lugar de la Tierra, donde volverá a conocer otros paisajes y otras getes se bañarán en él.

Esa es la metáfora de los ríos. A mi, me da mucha comprensión; llena mi vida de dimensión espiritual y satisface mis deseos de trascendencia.

Acabo de escribir a Federico Aguilera para darle la noticia; no sé si en estos momentos está todavía en Argentina, pienso que sí. Le decía que no me atrevo a tirar del tópico, diciendo que la muerte de Antonio ha sido una gran pérdida o no porque en realidad para mí, Antonio, más allá de la separación física, no ha muerto; quiero decir  que en cierto modo nada ha cambiado, porque salvo los más allegados, los de su entorno cotidiano, los demás no le veíamos más que de Pascuas a Ramos; a lo mejor una vez al año, o menos, como era mi caso.

Pero eso ha sido lo de menos en mi forma de sentir a Antonio, porque él ha estado siempre en mí por encima de la dimensión física, como ahora lo sigue estando; no solo en mí, sino también en otras muchas personas, entre ellas las de esa gran familia humana que somos la gentes de la Nueva Cultura del Agua, y en particular los de nuestra Fundación. Nos ha dejado un legado humano muy importante de bondad, de humildad, de amor, sabiduría y compromiso. Antonio es un ser amoroso.

Antonio vive, y vivirá mucho tiempo en la mayoría de nosotros, porque está y estará por muchos años no sólo en nuestro corazón, sino también en la base de nuestra propia moral y en nuestra ética profesional del día a día.

La única muerte de verdad es el olvido, y a Antonio no se le puede olvidar. Muchas personas lo llevaremos hasta la tumba, porque ya está en nosotros; forma parte de nuestra esencia humana, es consustancial a nuestro ser en su dimensión más sublime, que es la espiritual; está en los patrones que conforman nuestra moral.

Ha sido y es un maestro, uno de esos regalos que te da la vida, que te hace creer en el ser humano, y en que hay mucha bondad y mucha sabiduría sueltas,… solo que desorganizadas, atrapadas y dispersas por esta forma de vida que llevamos las llamadas sociedades del progreso y el bienestar.

Creo que han llegado los tiempos de trabajar para organizar toda esa bondad y esa sabiduría, y dejar de aplicar nuestra energía en cosas que en el fondo son inútiles; lo único que importa es recuperar la grandeza del ser humano en su capacidad de amor, de ternura, de generosidad, de compasión, de fraternidad,.. y de entender que los humanos, la humanidad, la Tierra y el Cosmos somos una misma cosa, una gran unidad, la única  unidad.

Tenemos que recuperar espacios y formas de vida en los que todo ese potencial positivo y esa unidad puedan expresarse. Todo lo demás no son sino simples caminos, con frecuencias malos caminos, caminos errados. 

Antonio es un legado que nos ayuda a buscar la buena senda. Ahí está.

Un abrazo a todos

Javier Martinez Gil

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